jueves, 15 de octubre de 2009

15/10/2009

Invito a los lectores a ingresar
en mi otro blog CARAVASAR.
Esta semana:
ENTREVISTA CON
JORGE LUIS BORGES
hecha en 1963 por Mario Vargas Llosa
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EL HOMBRE
MÁS SABIO DEL MUNDO



Ramsés III


Rampsinito

A la hora en que el Sol estampa sus primeros filamentos de luz sobre el horizonte, Ramsés III despertó sudoroso y agitado.
Lo habían expulsado del sueño la sensación de peligro propia de las pesadillas y la idea de que un oscuro significado acechaba en lo que acababa de soñar.
Por boca de la esclava filistea con la que había pasado la noche supo que, antes de abrir los ojos, se había revuelto en el lecho y repetidas veces había tratado de apartar algo con la mano derecha.
La mujer hablaba atropelladamente, temerosa de que él la responsabilizara del mal sueño. Por eso, al tiempo que las palabras le salían a borbotones, lo acariciaba con torpeza y desesperación.
Ramsés III –a quien llamaban Rampsinito por corrupción de su nombre Rameses p–si–Nit–, la escuchó sin poner atención en lo que decía y luego la apartó sin contemplaciones.
La asustada filistea huyó de la habitación rápidamente, mientras el faraón hacía llamar a sus principales magos y sabios.
Poco después, éstos se fueron reuniendo en torno al lecho real, ocupando posiciones según el orden en que iban llegando. Algunos aún no estaban completamente despiertos y sostenían un combate con sus párpados.
Cuando estuvieron todos, Rampsinito les narró el sueño y exigió que le explicaran su significado.
Contó que, tras hallarse en una de las salas del palacio, se encontró ricamente vestido y deambulando por el desierto.
De un momento al siguiente y por acción del viento y de una llovizna casi horizontal que éste arrastraba, la arena se había transformado en una bandada de aves. Éstas, a medida que iban surgiendo, se elevaban hacia el cielo.
Pronto, había tantas que la luz del Sol apenas penetraba por los intersticios que momentáneamente dejaban las alas.
Pero el epiléptico eclipse había cesado de improviso, cuando las aves se habían lanzado sobre él a devorarlo. O no a él como había temido al principio, sino a sus vestiduras, todas confeccionadas con hilos de oro y plata y pedrería preciosa.
Antes de que las aves hicieran contacto con su traje, Rampsinito había escapado por una rendija del sueño hacia la vigilia.
Sus asesores se apresuraron a interpretar lo soñado como una preocupación por el tesoro real que, desde hacía algún tiempo, desbordaba los espacios donde se le guardaba.
Entonces Egipto era un país próspero porque, además de librar con éxito varias guerras para la defensa del territorio, Rampsinito se había ocupado de desarrollar la agricultura.
Gracias a los planes que él y quienes lo rodeaban habían concebido, la nación de las pirámides conocía una opulencia nada común en su época.
Por ello y también por una eficiente administración, las arcas reales alcanzaron un inusitado esplendor.
De hecho, la sala concebida inicialmente para albergar los tesoros se hallaba repleta desde hacía algún tiempo y las nuevas ánforas y vasijas repletas de gemas, monedas y metales preciosos eran tantas que se habían desbordado hasta el subconsciente del faraón.
Esa misma mañana, Ramsés III decidió construir una nueva sala del tesoro, para sustituir la existente.

El Constructor

Rampsinito convocó al mismo constructor de su tumba, un viejo arquitecto de 34 años –la edad promedio de vida apenas superaba los 40, en el Egipto de la época–, padre de dos hijos, para que diseñase y edificase la sala en cuestión.
La construcción del recinto de piedra que éste forjó demoró apenas unas semanas. Se trataba de una habitación el doble de grande que la sala de tesoros original.
Su decoración, en cambio, fue más lenta y a ella se dedicaron durante varios meses los mejores artesanos de Egipto, ignorantes del uso que tendría y del que sólo estaban en cuenta el faraón, algunos de sus asesores y el constructor.
Cuando estuvo definitivamente concluida, se seleccionó un grupo de diez esclavos libios para que una noche efectuara el traslado de las cientos de ánforas y vasijas repletas de monedas, piedras y minerales preciosos que constituían el tesoro real.
Al término de la faena y poco antes de que el amanecer anunciase con un escándalo de colores que la vida seguía su curso, los diez fueron decapitados por la guardia del faraón, para que no revelasen el asombro que los tesoros habían despertado en ellos.
En los días en que emprendió la obra, el constructor entrevió en sueños una imagen que lo aterró: su cadáver yacía encarcelado en un sarcófago de segunda, en la sala funeraria que previsoramente había construido para él, pero embalsamado de mala manera, porque sus hijos no habían tenido cómo pagar una verdadera momificación.
El escaso patrimonio que les había dejado, apenas había alcanzado para que su cadáver fuera sumergido unos días en un corrosivo baño de natrón, antes de ser introducido en un sarcófago de madera nudosa, en nada parecida al cedro ni al sicómoro. Entre los egipcios nada atemorizaba tanto como no poder recuperar el cuerpo una vez vuelto a la vida, por no estar éste debidamente momificado.
La visión del constructor se trasladó al recinto que ocupaba con su familia y pudo anticipar los comentarios sarcásticos de sus hijos, en torno a lo que consideraban una estéril honradez paterna.
Durante varios días, mientras ordenaba la colocación de las piedras que formarían la nueva sala del tesoro, engendró la idea de calzar sin pegar una de ellas, de modo que en el futuro uno o dos hombres –sus hijos–, pudiesen moverla fácilmente.
El sueño resultó profético. Meses después, el constructor enfermó de gravedad. Entonces, al saberse moribundo, a merced de un mal desconocido, el constructor llamó a sus hijos y les comunicó el secreto.
Tal vez sería castigado en la otra vida por faltarle al faraón, pero una pena mayor que la de no poder recuperar su cuerpo, era muy difícil de concebir entonces.
Los dos rostros que vio iluminados, no tanto por la antorcha que resplandecía inquieta desde una pared, sino por un sentimiento que provenía de muy lejanos y vastos territorios del espíritu, le hicieron pensar que había hecho lo correcto.

Primer Ladrón

El constructor murió a la mañana siguiente.
Esa misma noche, con la idea de extraer sólo lo necesario para brindar el digno embalsamamiento y entierro que garantizase a su padre una segunda vida en Ra, mientras éste recorriese los cielos, los dos hijos decidieron ingresar en la sala del tesoro de Rampsinito.
Tras burlar al único guardia que vedaba el camino, no les resultó difícil encontrar la piedra movediza que había indicado su padre e introducirse en la cámara.
Apoyados por una vela que generaba largas y fantasmagóricas sombras sobre las paredes, los dos jóvenes recorrieron la estancia con el estupor de quien transita un sueño. Los destellos que surgían de la superficie de las numerosas ánforas que ocupaban el recinto daban la impresión de un mar picado en horas del mediodía. Sin duda, el tesoro del faraón era mucho mayor de lo que habían pensado y de lo que cualquiera podía imaginar.
Cuando el asombro cedió paso a la certeza, se apoderaron de las monedas necesarias para cumplir su propósito y nada más. Como no querían suscitar la menor sospecha de su incursión, tomaron las que sobrenadaban en las ánforas y vasijas más alejadas de la entrada.
Al salir, dejaron de nuevo la piedra en su lugar y se marcharon, burlando por segunda vez al centinela.
Coincidencialmente, Ramsés III decidió recorrer la sala del tesoro al otro día. Le gustaba sentir sobre sí la multitud de relámpagos que brotaba de sus riquezas y, cada vez que podía, se concedía ese capricho. Para él, ese ir de ánfora en ánfora y de vasija en vasija, introduciendo sus dedos, era como bañarse en un océano de energía. Cuando abandonaba el lugar, se sentía renovado, poderoso, como correspondía a un hijo de Ra.
Esa mañana, apenas entró en el aposento, advirtió el robo. Algunos recipientes en el fondo –él los conocía todos en detalle–, delataban la intromisión de personas ajenas al lugar. La superficie de su refulgente contenido mostraba una ligera mengua, imperceptible para otros ojos pero no para los suyos.
Lo más extraño de todo era que los sellos que sobre la puerta vedaban el paso a cualquiera que no fuese él, habían permanecido intactos hasta su ingreso.
Los dos ministros que lo acompañaban opinaron que el despojo tenía un origen sobrenatural, pero Rampsinito sabía que sólo los hombres estiman las riquezas terrenales tanto o más que sus propias vidas.
La misma sorpresa lo ocupó al ver cómo, en los días siguientes, sus posesiones siguieron mermando, sin que fuera posible explicar cómo ni por intervención de quién. En el suelo no había rastros de resina diferentes a los que dejaban sus antorchas. Sí se advertían huellas humanas de pies, ajenas a las suyas y a las de sus habituales acompañantes.
A la noche siguiente, el robo se repitió. Lo notó al observar no sólo las nuevas huellas en el suelo, sino también a una de las ánforas, en la cual alguien había escarbado con inocultable codicia.
Para prevenir una tercera incursión, el faraón aumentó el número de centinelas en los alrededores de la sala. Mas, esto tampoco surtió efecto y el recinto fue violado otras tres veces en igual número de noches consecutivas.
Tras observar el lugar, Rampsinito dedujo que quien se introducía allí lo hacía por una entrada desconocida por él y por sus asesores económicos. Esta entrada debía hallarse en el suelo o en alguna de las paredes, pero no en el techo, ya que éste era vigilado constantemente desde una torre contigua. Comprendió, además, que las últimas invasiones se habían realizado en tinieblas, pues cualquier luz, por mínima que fuese, hubiese sido delatora.
Si ello era así, el ladrón o ladrones ingresaban al recinto a oscuras. Un muy tenue olor a sebo demostraba que, al entrar, alguien encendía una vela que, obviamente, apagaba al salir.
El faraón advirtió que, aún con la iluminación que proporcionaban las antorchas sostenidas por sus esclavos de confianza, a los pies de los recipientes –sobre todo, en los de los más apartados–, abundaban las sombras.
Ramsés III tuvo entonces una idea: hizo colocar varios lazos alrededor de las tinajas, para capturar al ladrón o ladrones. Razonó que una trampa a base de nudos permitiría capturar al criminal o, al menos, retenerlo hasta el arribo del alba, cuando la fuga resultase imposible.
Ese día, poco antes de la medianoche, los hermanos penetraron de nuevo al recinto sin intuir la celada.
La incursión parecía tan sencilla como las precedentes, pero cuando sólo habían dado unos pasos, uno de los hermanos fue atrapado por un lazo.
Durante un rato, el capturado y su hermano forcejearon con los nudos, sin lograr otra cosa que apretarlos más.
Al fin, cuando la luz de la vela estaba por extinguirse, el primero comprendió que no tenía escapatoria y pidió al otro que le cortase la cabeza para evitar ser reconocido y para que, siquiera uno de los dos se salvase y pudiese disfrutar del repetido botín.
Tras llenar uno de los dos recipientes de tela que habían llevado y superar los impulsos en contra, el segundo ladrón degolló a su hermano, asió la cabeza por los cabellos aún erizados por el horror, y salió a la madrugada, no sin antes devolver la piedra a su lugar.
Intuía que esta incursión había sido la última y que, en adelante, jamás podría efectuar otra.
Mientras huía, no dejaba de mirar a uno y otro lado, pues comprendía cuan comprometedor resultaba portar la cabeza que no tardaría en identificarse con el degollado en la sala del tesoro faraónico.
Para su fortuna, nadie transitaba por los alrededores y pudo alcanzar su casa sin más contratiempos.

Segundo Ladrón

Al entrar en la sala y descubrir el cuerpo, antes que sorprendido Rampsinito se sintió burlado.
Alguien provisto de recursos insospechados lo eludía como sólo se sabe que pueden hacerlo las sombras o los espectros.
Pero, sin duda, no era ni uno ni otro y la prueba estaba allí, en el suelo.
Tras revisar la enorme habitación, el faraón ordenó colgar al decapitado en la fachada del palacio e instruyó a los centinelas para que capturasen a quien, frente al muerto, mostrase compasión o llanto.
Ello molestó sobremanera a la madre de los ladrones, porque consideraba que al degollado debía ofrecérsele la consabida disecación y sepultura. Indignada, instó al hijo que le quedaba a que recuperase el cuerpo de su hermano. Si no lo hacía, amenazó, ella iría personalmente a denunciarlo ante el faraón.
Como no tenía otra salida, el segundo ladrón dedicó las siguientes horas a trazar un plan que le permitiese rescatar el cadáver y, a la vez, evadir cualquier castigo posterior.
Esa misma tarde aparejó unos burros, los cargó con varios odres de vino y se trasladó al palacio.
Cuando estuvo cerca de los centinelas, soltó las ataduras de tres de los odres, al tiempo que fingía lamentarse por el accidente.
A sus voces, acudieron los guardias, con sus vasijas en ristre, dispuestos no a ayudar al arriero en desgracia, sino a no desperdiciar el vino que se derramaba.
En un primer momento, el segundo ladrón simuló estar furioso y colmó de improperios a los centinelas, pero como éstos procuraron calmarlo y lo ayudaron a contener la fuga del líquido, poco a poco se fue apaciguando, hasta que accedió a sacar a los burros del camino y ajustar la carga.
Uno de los guardias le hizo reír con sus chanzas, mientras le auxiliaban y, en retribución, le obsequió un odre.
Sin pensarlo mucho, los guardias se tendieron en el lugar a disfrutar del inesperado regalo y le pidieron a su benefactor que se quedara y compartiera el vino con ellos.
Él no se hizo rogar y, como le festejaban con evidente espontaneidad, al vaciar el primer odre les proporcionó un segundo, que los hombres consumieron hasta emborracharse.
Apenas se durmieron, el ladrón descolgó el cuerpo de su hermano, lo montó sobre uno de los burros y se alejó varios metros en dirección contraria.
Sin embargo, no resistió el deseo de humillar a los guardias y retornó para afeitarles meticulosamente la mejilla derecha.
Al enterarse Ramsés III de que habían rescatado el cuerpo sin cabeza y se habían burlado de su guardia, se sintió muy mal. El asunto había llegado más lejos de lo que esperaba y había dejado de ser un caso de robo reiterado para convertirse en una guerra de ingenios, en la que hasta ahora le había tocado llevar la peor parte.
Estaba consciente de que su próximo paso para encontrar al culpable, no sólo de las sustracciones sino de esta última audaz fechoría, debía ser definitivo.
Como en las horas siguientes no se le ocurrió nada mejor, tomó una decisión que en nuestros días resulta inaudita.
Recluyó a una de sus hijas en una estancia y le hizo una exigencia más insólita aún: allí debía entregarse a cualquier hombre que la requiriese sexualmente pero, antes de hacerlo, debía exigir a éste que le contase cuál era la acción más sutil y cuál la más criminal que hubiese realizado hasta entonces.
De este modo, si se presentaba el ladrón de los tesoros y del cadáver y contaba sus hazañas, ella debía aferrarse a él y dar voces para prenderlo.
En los alrededores y simulando ser ciudadanos comunes, permanecerían algunos miembros de la guardia.
No se sabe cómo el ladrón se enteró de esta treta, pero sí que al conocerla organizó una aún más aguda y con un toque macabro.
Para cumplirla, cortó el brazo –desde el hombro–, a un campesino que había muerto ese mismo día y con él en su poder llegó hasta la hija de Rampsinito.
En la oscuridad del aposento al que fue conducido, el segundo ladrón no objetó el requisito que la joven le imponía para yacer con ella. Refirió como su acción más criminal la de robar las riquezas del faraón y cortar la cabeza de su hermano y como la más sutil, la de emborrachar a los guardias para robar el cadáver decapitado.
Al escuchar esto, la princesa lo asió tan fuerte como pudo y profirió varios gritos.
Cuando acudieron en su auxilio y a la luz de numerosas antorchas, la descubrieron aferrada a un brazo humano y sin que –como en el caso de las lagartijas–, quedara en el lugar rastro alguno de su poseedor.
Cuando supo de esta nueva proeza, el faraón se admiró sobremanera de la astucia de su oponente y entendió que, en lugar de perseguirlo, debía atraerlo a su lado.
Sin pérdida de tiempo, envió un bando a todas las ciudades egipcias, ofreciendo al ladrón grandes dádivas e impunidad si se presentaba ante él.
Como todavía la palabra de los gobernantes era de fiar, el ladrón se acogió al indulto.
Ramsés III no sólo respetó su vida sino que, como en un cuento de hadas, le entregó por esposa a su hija y lo colmó de riquezas, festejándole de paso como el hombre más sabio del mundo pues, si como se pensaba en ese tiempo los egipcios eran superiores a todos los hombres, él había demostrado que era superior a todos los egipcios.
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Este cuento forma parte de mi libro Acto de amor de cara al público, que puede obtenerse gratuitamente en la siguiente dirección electrónica:
http://es.geocities.com/editorialremolinos/index_i2.htm

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